En medio de una noche sin luna, el depredador se acercó sin ser visto. Ninguno de los animales de granja lo vio. El embate fue rápido y certero, directo al cuello. La víctima apenas se dio cuenta. Un ataque mas y la bestia se dio por satisfecha. La oscuridad cubrió su huída. Fue el crimen perfecto...
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Las finanzas iban mal. Las ventas del diario caían día tras día y los directivos del medio no hallaban el modo de frenar la debacle. Una noticia bomba podría ser la salvación... O al menos un paliativo.
Pero nada relevante sucedía en el estado: inercia total. Si acaso, las notas principales destacaban alguna obra pública inaugurada por el gobernador en turno, no mas. En cuanto a los reportajes propios, ninguno destacaba, no se descubría el hilo negro sobre tema alguno.
Pablo, subdirector editorial en aquel 2005, sufría mas que nadie la inercia y mediocridad en la que el diario estaba sumido. El hombre, un entusiasta del periodismo, estaba acostumbrado a encontrar grandes notas hasta en los sitios menos esperados, tanto así que se atrevió a publicar en primera plana el "ataque" de un mandril a una niña pequeña en el zoo de Morelia. Esa nota no vendió mas periódicos, pero si convirtió a su medio en el hazmerreír.
La revancha de Pablo llegaría tarde o temprano. Para su buena suerte, ocurrió mas pronto de lo esperado. Una llamada a la redacción del diario reportaba un hecho un tanto insólito ocurrido en la comunidad de Téjaro, en el municipio de Tarímbaro. Un agricultor había encontrado un par de cabritos muertos con extrañas perforaciones en el cuello. Al subdirector editorial le brillaron los ojos detrás de las gafas.
A pesar de ser un tipo extremadamente expresivo, guardó su emoción en ese momento. Necesitaba la cabeza fría para evitar otro ridículo como el del mandril. Llamó a un par de reporteros presentes en ese momento y al reportero gráfico asignado a cubrir la noticia.
Dio algunos detalles, pero sobre todo divagaciones. Recordó que cuando los ataques del chupacabras estuvieron de moda, a mediados de la década de los noventa, el mítico engendro atacó en Guanajuato y algunos diarios aprovecharon el hecho para vender miles de ejemplares. Era la oportunidad perfecta para levantar las finanzas.
Fue así como tres reporteros incrédulos y un subdirector editorial entusiasmado se encaminaron rumbo a Téjaro, con la esperanza de atrapar al azote de las cabras. 40 minutos tardaron en llegar a la casa del agricultor en cuestión.
El afectado fue amable, pero se le notaba la incomodidad. Él mismo afirmó no creer en el chupacabras, así que ofreció una hipótesis mas lógica sobre los hechos: "a lo mejor fue una víbora". Eso podría explicar las incisiones, pero no la falta total de sangre en los cadáveres. Hasta donde sabía, no existe en Téjaro ninguna clase de serpiente vampiro.
"Déjenos llevarnos un chivito para que le hagan estudios", dijo Pablo con mucha seguridad. El resto de los reporteros abrieron los ojos tanto como pudieron para expresar su incredulidad. Y sucedió que el agricultor accedió. Buscó un costal para guardar el cadáver y entregarlo a los periodistas.
Los reporteros citadinos, notablemente asqueados, recibieron el cuerpo del chivo, de unos 20 kilos. "¿Qué va a hacer en la noche, va a esperar al chupacabras?", preguntó Pablo. La pregunta incomodó al campesino, poco acostumbrado a los modos tan directos del visitante. "Pos yo creo que sí. No creo que sea al chupacabras, pero voy a cuidar a mis animales toda la noche".
"Entonces aquí nos vemos en la noche", dijo Pablo con esa seguridad tan característica de él. Alegre subió el cadáver en la cajuela del Ford Ka y regresó rumbo a Morelia junto con sus acompañantes. Pero cargar un chivo muerto en pleno verano pronto demostraría ser una pésima idea. Luego de cinco minutos, la pestilencia invadió el auto.
Acelerador a fondo. Urgía llegar al laboratorio para deshacerse del cuerpo. Llegaron rápido al lugar, solamente para darse cuenta de que no había nadie para recibir la evidencia por ser periodo vacacional. Tirar al chivo a un lado de la carretera ya no parecía una idea tan mala.
Pablo pensó en llevarlo a una veterinaria, pero por una vez le preocupó el posible ridículo. Cedió a deshacerse de la evidencia, que terminó en un gran bote de basura. Sin embargo, se mantuvo firme en su idea de volver en la noche. "Tú y tú", señaló a los mas jóvenes. Así que el reportero y el fotógrafo no tuvieron mas opción que regresar en la noche.
Salieron a eso de las 8. Conocían el camino, así que tardaron menos en llegar. El agricultor les dio la bienvenida y los invitó a su base de operaciones: la azotea. Dos de sus hijos ya estaban ahí, entre alambres y cuerdas colocadas a modo de tendedero.
Los reporteros buscaron un rincón medianamente cómodo. Poco había para reportar: el frío aumentaba conforme pasaba la noche y en el cielo asomaban millones de estrellas, difícilmente visibles en una ciudad.
Cerca de la medianoche hubo un silencio inusual. El primero en inquietarse fue el agricultor. Tomó su escopeta de chispa y caminó hacia el borde de la azotea, dispuesto a matar a lo que amenazara a sus animales, así fuera el mismísimo chupacabras. Detrás de él caminaron los reporteros.
A pesar de los obstáculos, los tres llegaron al borde (casi) sin hacer ruido. Había actividad debajo, sin duda alguna. Una bombilla lejana proporcionaba un poco de luz, pero aún así era difícil enfocar. Una vez que el bulto estuvo en la mira, vino el disparo. Cuatro perros callejeros salieron huyendo a causa del flash de la cámara. El agricultor ni siquiera levantó su arma.
Silencio de nuevo. A lo lejos se escuchó el chillido de un cerdo. Luego nada. A la una de la madrugada, reportero y fotógrafo acordaron que así sería el resto de la noche, y que si alguien atraparía a la mítica bestia, no serían ellos. Agradecieron y partieron. Y el agricultor vigiló durante toda la noche.

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