La idea era salir para evitar la depresión. Varios días en tierras ajenas y la falta de amigos provocaban un "bajón" en el estado de ánimo, así que lo mejor fue abandonar el cuarto del hotel y salir a conocer un poco de la ciudad.
Mapa en mano, el primer giro (como de costumbre) fue hacia la derecha. Un par de cuadras más adelante apareció lo que lucía como un retén de la policía. Era algo bastante serio: muchas patrullas y aún más oficiales.
El turista común hubiera buscado otra vía, pero el turista curioso (como el de esta crónica) indaga y averigua el porqué del movimiento policial.
¡Oh, sorpresa! Justo en frente aparece el sambódromo, el epicentro del famoso carnaval de Río de Janeiro. Obviamente no había fiesta en ese momento... O eso parecía.
Se percibe un olor muy leve a carne asada. Sale de entre un montón de coches estacionados en mitad del sambódromo. Pero sobre todo destacan las banderas albicelestes que tanto incomodan a los brasileños.
Eran tantos los que llegaron en coche, que las autoridades cariocas determinaron instalarlos en un sitio amplio y cerrado. Sí: el sambódromo fue convertido en un campamento argentino. Uno de los mayores símbolos brasileños fue invadido por los eternos rivales.
Y los argentinos hacían lo que mejor saben hacer: preparaban asados al aire libre, jugaban al futbol, presumían sus lugares de origen, tan variados como Mendoza, Corrientes, Buenos Aires, Córdoba, La Pampa... Y le cantaban a los anfitriones.
Pero la canción entonada hasta el cansancio no es del agrado de los locales. La letra los desafiaba desde el primer estribillo: "Brasil, decime qué se siente, tener en casa a tu papá...". Le recordaban a los cariocas, los paulistas, los pernambucanos y demás que Argentina los venció en Italia 90 y llegó hasta la final, misma que perdieron ante Alemania...
El carnaval era argentino en ese momento. No había samba en Río, solamente el canto repetitivo de los vecinos y rivales. En las madrugadas la murga argentina tomaba las calles y desafiaba de nuevo a los brasileños.
Al final, para gusto de los locales, Argentina no logró el campeonato en el Maracaná. Aquello realmente hubiera sido una tragedia. Pero los brasileños saben que sus vecinos se lo echarán en cara hasta el hartazgo. Ni modo, tocará aguantar.
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