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Thursday, December 8, 2011
La cárcel
Es el lugar en el cual nadie quiere caer. El tambo, chirona, el fresco bote, la casa grande, Alcatraz, el hoyo... Tiene sinónimos de sobra. Los peores delincuentes reciben su castigo dentro de sus altos muros, custodiados día y noche. La cárcel es un sitio que pocos quieren visitar... A excepción de los periodistas.
El novato fotógrafo disimuló el terror la primera vez que entró a la cárcel. Asustado cruzó la pesada puerta de entrada, asustado pasó por todos los filtros de seguridad, asustado caminó bajo la mirada atenta de un custodio y asustado llegó hasta la cocina del centro de readaptación. En resumen: estaba asustado.
El encargado de la cocina, un hombre mayor con la mitad de la cara deformada por una enorme cicatriz, ofreció un desayuno rápido a los visitantes. Dio un par de instrucciones y en cuestión de minutos aparecieron los platos con atún.
Contó su historia en breve mientras los visitantes comían: estaba ahí por vender drogas, lo habían extraditado de Estados Unidos y cumplía una condena medianamente larga por delitos contra la salud. Nunca dijo ser inocente, admitió que distribuía estupefacientes, "pero nunca envenené a nuestros niños". A los gringos les dio toda la basura que le pidieron, pero a los latinos jamás.
Contrario a lo que puede pensarse, la segunda vez que visitó la cárcel estaba aún más asustado. La razón del pánico era muy sencilla: esta vez entraría solo. Aquella primera visita fue en compañía de un reportero, pero ahora lo enviaban a tomar fotos de un preso encarcelado por homicidio. Para hacerlo más interesante, el reo era luchador.
Dio santo y seña del hombre al cual buscaba y lo condujeron ante él, no sin antes pasar por todos los filtros de seguridad. Llegó ante el campeón y no lo pudo creer: era un anciano postrado sobre una silla de ruedas, sin la pierna derecha y casi ciego, todo por causa de la diabetes.
Le dijo al campeón a lo que iba y le tomó un par de fotos. El condenado por asesinato le dijo que era inocente, que él no había sido. Al mirar sus ojos vidriosos, fijos hacia la nada, le creyó, pero no pudo hacer nada por él más allá de retratarlo. Nunca supo si lo liberaron.
Perdió el miedo poco a poco mientras hacía más visitas a los centros de readaptación. En alguna ocasión le tocó ir hasta Uruapan, a causa de un motín en la cárcel local, pero aquella vez no pudo entrar. Lo más que logró fue tomar un par de imágenes de dos reos heridos de gravedad mientras eran atendidos en una ambulancia.
También estaban las obra de teatro. Dentro de las cárceles, algunos reos se integran al grupo de actuación y presentan su trabajo ante un público "cautivo". Muchas puestas en escena presenció el reportero gráfico, de principio a fin, porque no podía simplemente salir del centro de readaptación cuando le diera la gana.
Y alguna vez hizo feliz a una mujer, o al menos así lo creyó, porque la dama, encerrada ahí seguramente por encubrir a su novio, tuvo a bien agarrarle las nalgas al reportero gráfico cuando lo saludó de beso y abrazo. Supuso él que la efusividad era producto de los años de encierro sin haber visto a un hombre. Intentó no sonrojarse.
En una de sus últimas visitas tuvo la oportunidad de realizar una buena obra. Las autoridades del centro de readaptación social realizaron una pre-liberación de reos con buena conducta. Entre ellos estaba una muchachita flaca. Tenía un par de tatuajes en la mano y el color rubio de su corto cabello desentonaba con su morena piel.
No tenía dinero para volver a su casa, así que el reportero y fotógrafo ofrecieron llevarla, de modo que la recién liberada consiguió aventón hasta su hogar. En el camino contó una historia común entre las encarceladas: su delito había sido amar a un delincuente y tolerar su forma de vida. El sistema judicial trata a estas mujeres como cómplices y las encierra. A ellas les queda mucho tiempo para arrepentirse.
La muchacha sorprendió a su mamá al llegar a casa. Besos, abrazos y lágrimas. La pequeña hija de la recién liberada gritó de sorpresa y agarró muy fuerte a su madre. Imposible no contagiarse con tantas emociones. Vino luego el regaño, el inevitable "¡pórtate bien!" para una muchacha que ya sabía cómo era la vida sin libertad. Juró que tendría buena conducta. Ese día, hubo fiesta en la cuadra.

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