Alguien debería hacer una crónica al respecto
Alguien debería hacer una crónica sobre el Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano, ese que en el Distrito Federal es mejor conocido como el Metro. Se podrían decir muchas cosas, pero probablemente ya es tan común para quienes lo usan que (casi) todo pasa desapercibido.
Así, por ejemplo, un buen relato podría dar cuenta del movimiento intenso que ocurre en la estación Observatorio en cuanto dan las 5 de la mañana. Hombres de traje que sostienen el vaso con atole caliente; mujeres que se maquillan sin importar el movimiento del tren; escolapios prevenidos que cargan el tarro de gel y se peinan entre una estación y otra.
De la estación La Raza se podría decir que es agónicamente larga, todo gracias a su pasillo dedicado a la ciencia. Resaltan carteles con datos científicos bastante interesantes, sin dejar de lado ese tramo que simula la bóveda celeste y que es iluminado con luz negra. Pero todo pasa desapercibido cuando se lleva prisa.
Chabacano es punto y aparte. Ahí convergen tres líneas (la 2, la 8 y la 9) y por lo tanto es una estación gigantesca. Ahí filmaron buena parte de una película noventera protagonizada ni más ni menos que por Arnold Schwarzenegger. La llamaron Vengador del futuro en América Latina. Aparentemente, el actor de nombre impronunciable iba rumbo a Tacubaya... O Pantitlán.
A un buen cronista le bastarían un par de transbordos para darse cuenta de que todo el sistema de transporte soporta un movimiento intenso de dinero. Los puestos concesionados consiguen buenos ingresos, sobre todo cuando ofrecen comida, pero es mayor la variedad de productos ofrecidos por los llamados vagoneros. Palanquetas a un peso, revistas a diez, lámparas, recetarios, discos, ¡montones de discos ofrecidos a un volumen altísimo!
Y si alguien pregunta qué tanto esperan esas mujeres en la estación Hidalgo, el buen cronista deberá aclarar que ejercen la prostitución, que aguardan la llegada de los clientes que suelen ser un poco más discretos que ellas.
Es deber de ese buen cronista relatar también del cambio radical que ocurre en ciertas líneas cuando hay partidos de futbol. Las barras eligen estaciones específicas para reunirse e iniciar una fiesta que parece interminable. Hay de aquel que decida viajar en un vagón lleno de fanáticos del balompié, pues deberá soportar empujones, gritos y el olor a pegamento industrial.
Sobre la estación Juanacatlán se podrían contar mil cosas, como su vacío casi eterno, o el hecho de que muy pocos usuarios suben ahí pero son menos aún los que bajan. Pero no, nadie sugiere que sea un paradero que está de sobra en la red del sistema...
¿Detalles? Miles. Ejemplos: las ventanas rayadas por personajes con apodos de lo más variados: Meat, Reek, Popo, Spooky. Uno más: la pirámide de Pino Suárez, "un adoratorio prehispánico", según cuentan los registros antropológicos. Y el olor de la estación Autobuses del norte.
Tal vez la red es demasiado grande y ocurren tantas cosas a la vez, o posiblemente el Metro ya es algo tan cotidiano que se le resta importancia. Como sea, al parecer nadie está interesado en hacer una crónica acerca de él. Quién sabe, quizá sólo es cuestión de tiempo...
Así, por ejemplo, un buen relato podría dar cuenta del movimiento intenso que ocurre en la estación Observatorio en cuanto dan las 5 de la mañana. Hombres de traje que sostienen el vaso con atole caliente; mujeres que se maquillan sin importar el movimiento del tren; escolapios prevenidos que cargan el tarro de gel y se peinan entre una estación y otra.
De la estación La Raza se podría decir que es agónicamente larga, todo gracias a su pasillo dedicado a la ciencia. Resaltan carteles con datos científicos bastante interesantes, sin dejar de lado ese tramo que simula la bóveda celeste y que es iluminado con luz negra. Pero todo pasa desapercibido cuando se lleva prisa.
Chabacano es punto y aparte. Ahí convergen tres líneas (la 2, la 8 y la 9) y por lo tanto es una estación gigantesca. Ahí filmaron buena parte de una película noventera protagonizada ni más ni menos que por Arnold Schwarzenegger. La llamaron Vengador del futuro en América Latina. Aparentemente, el actor de nombre impronunciable iba rumbo a Tacubaya... O Pantitlán.
A un buen cronista le bastarían un par de transbordos para darse cuenta de que todo el sistema de transporte soporta un movimiento intenso de dinero. Los puestos concesionados consiguen buenos ingresos, sobre todo cuando ofrecen comida, pero es mayor la variedad de productos ofrecidos por los llamados vagoneros. Palanquetas a un peso, revistas a diez, lámparas, recetarios, discos, ¡montones de discos ofrecidos a un volumen altísimo!
Y si alguien pregunta qué tanto esperan esas mujeres en la estación Hidalgo, el buen cronista deberá aclarar que ejercen la prostitución, que aguardan la llegada de los clientes que suelen ser un poco más discretos que ellas.
Es deber de ese buen cronista relatar también del cambio radical que ocurre en ciertas líneas cuando hay partidos de futbol. Las barras eligen estaciones específicas para reunirse e iniciar una fiesta que parece interminable. Hay de aquel que decida viajar en un vagón lleno de fanáticos del balompié, pues deberá soportar empujones, gritos y el olor a pegamento industrial.
Sobre la estación Juanacatlán se podrían contar mil cosas, como su vacío casi eterno, o el hecho de que muy pocos usuarios suben ahí pero son menos aún los que bajan. Pero no, nadie sugiere que sea un paradero que está de sobra en la red del sistema...
¿Detalles? Miles. Ejemplos: las ventanas rayadas por personajes con apodos de lo más variados: Meat, Reek, Popo, Spooky. Uno más: la pirámide de Pino Suárez, "un adoratorio prehispánico", según cuentan los registros antropológicos. Y el olor de la estación Autobuses del norte.
Tal vez la red es demasiado grande y ocurren tantas cosas a la vez, o posiblemente el Metro ya es algo tan cotidiano que se le resta importancia. Como sea, al parecer nadie está interesado en hacer una crónica acerca de él. Quién sabe, quizá sólo es cuestión de tiempo...


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