"Usted no es un fotógrafo cualquiera"
4 de la madrugada. El claxon suena a media cuadra de distancia. Hay que asomarse y pegarle un grito, en vista de la incapacidad de chiflar como arriero. El chofer se da cuenta y corrige su error.
Con mucho esfuerzo acomoda una de las maletas, la más grande, en la cajuela del auto. Pesa 24 kilos. "A dónde lo llevo, joven". "A la central de autobuses, por favor".
No hubo charla durante el inicio del trayecto, en parte por el desvelo del pasajero. Sin embargo, a los pocos minutos el conductor decide romper el hielo e iniciar la conversación. "¿Hasta dónde viaja?".
El taxista no está consciente de que su pasajero es un tipo desconfiado, de pocas palabras y que, además, sólo durmió dos horas antes de iniciar la travesía. Sin embargo le responde: "la verdad, voy hasta Brasil..."
La mirada del conductor a través del retrovisor lo dice todo: el taxista abre mucho los ojos en un gesto de clara sorpresa con una buena dosis de incredulidad. Luego de eso, el silencio domina de nuevo.
Pero la curiosidad se impone y el taxista pregunta de nuevo: "¿Y va a divertirse o a trabajar?". Un adormilado cliente le responde que es una cuestión laboral. "¡Ah! Entonces es comentarista". Respuesta negativa inmediata seguida de una corrección: "soy fotógrafo".
Al trabajador del volante le gana la emoción e insiste en su interrogatorio. Luego de otro par de preguntas, el chofer concluye: "Entonces, usted no es un fotógrafo cualquiera".
Llegada al destino dos minutos después. El taxista, visiblemente emocionado, recibe el billete de 50 pesos, pero al mismo tiempo le entrega a su cliente un pequeño rosario de madera. "Era de mi suegra, que en paz descanse. Tenga, para que lo proteja en su viaje".
El chofer se va y deja a un cliente impactado por el gesto. El taxista, cuyo nombre nunca se supo, no sabe que dejó detrás a un hombre muy agradecido, uno que a partir de entonces dejó de sentirse un fotógrafo cualquiera.
Con mucho esfuerzo acomoda una de las maletas, la más grande, en la cajuela del auto. Pesa 24 kilos. "A dónde lo llevo, joven". "A la central de autobuses, por favor".
No hubo charla durante el inicio del trayecto, en parte por el desvelo del pasajero. Sin embargo, a los pocos minutos el conductor decide romper el hielo e iniciar la conversación. "¿Hasta dónde viaja?".
El taxista no está consciente de que su pasajero es un tipo desconfiado, de pocas palabras y que, además, sólo durmió dos horas antes de iniciar la travesía. Sin embargo le responde: "la verdad, voy hasta Brasil..."
La mirada del conductor a través del retrovisor lo dice todo: el taxista abre mucho los ojos en un gesto de clara sorpresa con una buena dosis de incredulidad. Luego de eso, el silencio domina de nuevo.
Pero la curiosidad se impone y el taxista pregunta de nuevo: "¿Y va a divertirse o a trabajar?". Un adormilado cliente le responde que es una cuestión laboral. "¡Ah! Entonces es comentarista". Respuesta negativa inmediata seguida de una corrección: "soy fotógrafo".
Al trabajador del volante le gana la emoción e insiste en su interrogatorio. Luego de otro par de preguntas, el chofer concluye: "Entonces, usted no es un fotógrafo cualquiera".
Llegada al destino dos minutos después. El taxista, visiblemente emocionado, recibe el billete de 50 pesos, pero al mismo tiempo le entrega a su cliente un pequeño rosario de madera. "Era de mi suegra, que en paz descanse. Tenga, para que lo proteja en su viaje".
El chofer se va y deja a un cliente impactado por el gesto. El taxista, cuyo nombre nunca se supo, no sabe que dejó detrás a un hombre muy agradecido, uno que a partir de entonces dejó de sentirse un fotógrafo cualquiera.


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